cristina en brandty 2020

La «nueva felicidad»

 

“La felicidad es minimalista. Es sencilla y desnuda. Es una casi nada que lo es todo».

«La ridícula idea de no volver a verte», Rosa Montero

 

Desde que iniciamos “la desescalada”, después de casi tres meses de aislamiento provocado por el estado de alarma a causa de la expansión del coronavirus, la mayor parte de las conversaciones han girado en torno a lo que ha supuesto para cada uno de nosotros esta inesperada  y difícil experiencia; Desde el miedo, la pérdida real de seres queridos de los que ni siquiera se ha podido estar cerca en sus últimos momentos de vida ni despedirlos compartiendo el dolor con los familiares, las secuelas de  la enfermedad (la COVID-19) que en algunos casos se ha mostrado especialmente virulenta…hasta la incertidumbre respecto al futuro laboral, la desaparición de forma abrupta de nuestras rutinas, de ese día a día, que constituía la vida de cada uno de nosotros.

Desde las situaciones más duras a las más “aparentemente” llevaderas, todos nos hemos enfrentado a una experiencia que ha supuesto una sacudida emocional sin precedentes. Y es por eso, que no solo hemos reconocido cuáles son las “tareas esenciales” que garantizan nuestra supervivencia y protección básica, sino  que también hemos vuelto a plantearnos las “reflexiones esenciales”. Las grandes preguntas que eran sistemáticamente postergadas, escondidas en nuestro modo acelerado de vida, que no aparecían en nuestra listas de cosas por hacer y que acallábamos en medio del “ruido” del que siempre nos rodeábamos. Pero, ¡llegó el silencio, la quietud, la parada en seco, el recogimiento y las calles vacías sin gente! El planeta respiró al tiempo que nosotros conteníamos nuestra respiración buscando una explicación a este “rinoceronte gris” que nos  negábamos a ver venir.

Y con cada peldaño que hemos ido bajando, después de la dolorosa escalada de pérdidas humanas y colapso sanitario, nos hemos ido replanteando la vida, nuestra vida. ¿Tenía sentido todo aquello de antes? ¿Hay algo que debería ser diferente? ¿Hay alguna lección que aprender de todo esto? ¿Vamos, al fin, a  hacer “que lo importante sea lo importante”? ¿Vamos a hacer las paces con la naturaleza? ¿Sabemos ya dónde está esa felicidad que siempre andamos buscando?…

De todas las conversaciones, mucho más profundas y honestas, que he tenido con diferentes personas en estas semanas, extraigo estas conclusiones (que quizá ya conocíamos pero que ahora “sabemos”, porque solo sabes algo cuando lo has experimentado):

  • La emergencia climática ya no nos es ajena. Esta “verdad incómoda” nos ha golpeado a todos evidenciando que, como dice mi amigo Carlos Álvarez Pereira, se requiere repensar en lo más hondo nuestro modelo de vida e iniciar una profunda transformación cultural de la sociedad, para aprender a vivir en paz con la biosfera. Dejar de vivir en la paradoja de “cada vez que el mundo avanza, se suicida a la vez”.

 

  • Solo hay “ahora”. Todos los planes que habíamos hecho para el futuro se han reducido a nada. Ese “ahora” del que hablan autores como Eckhart Tolle (“El poder del ahora”) se nos ha revelado como el único momento en que las cosas suceden y en el que deberíamos deleitarnos. Vivir el presente sin la rémora y las mochilas del pasado y la fantasía de un futuro en el que la vida será siempre mejor. Así que como dice mi maestro espiritual, Jorge Pellicer, “puedes volver a elegir…justo en este instante”. ¿Qué quieres?

 

  •  Las cosas que hemos echado de menos. Hemos extrañado besos, abrazos, risas, ver el rostro de las personas queridas, comidas en familia, cenas con amigos, paseos sin rumbo fijo pero en buena compañía… ¿Cuánto de eso va a formar parte de nuestras agendas? Y ahora que tenemos una segunda oportunidad, ¿incrementaremos estos momentos, desconectaremos de nuestros dispositivos móviles para quedarnos quietos en la calidez de un abrazo?

 

  • Y, de repente, hallamos la felicidad, la “nueva felicidad”. Sabemos dónde está porque hemos averiguado, sin duda, donde no estaba (en las prisas, en las compras compulsivas, en las reuniones interminables, en los atascos, en las discusiones con tu pareja, en la falta de paciencia con tus hijos, en los viajes sin la compañía deseada, en la interminable lista de compromisos…).

¿Cómo conservar esta verdad que se ha mostrado ante nuestros ojos en un entorno tan volátil e incierto? ¿Cómo apropiarnos de ella  y volver a saborearla como el primer día que pudimos volver a salir de casa,  mientras planea el miedo a nuevos rebrotes o la pérdida del empleo?

Diría que siendo conscientes de las otras lecciones que hemos aprendido durante esta pandemia;

Qué debemos hacer equipo y proteger a los más débiles.

Celebrar los logros (aplaudirnos por cada día que podemos salir a trabajar y contribuir al bienestar de todos)

Apostando sin paliativos por nuestro talento y por  ponerlo al servicio de los demás. Encontrar nuestro propósito.

Practicando el optimismo inteligente, que es aquel que reconoce las dificultades, pero hace una apuesta decidida por superarlas.

Activando la compasión y la empatía. Dejando “la felicidad enlatada de frases de Twitter” para advertir esa otra más real y profunda, que emana del corazón de quién se ha dejado cada latido de su día y la piel en mejorar el mundo, en la parcela que le corresponde.

 

Y sobre todo, no olvidando,  porque la “nueva felicidad” debe tener más memoria… o volveremos a quedarnos sin  ella.

 

 

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